Recuerdo de Moscu : silencio, la momia te mira

En julio de 1985 esto escribía Hilario Peña, nuestro amigo y habitual peregrino por los Destinos que Viajes Pertur acostumbra a organizar:

Amanecía, un cielo rosáceo acogió la salida del sol. Era agradable la mañana en aquel mes de julio en Moscú; en la calle, un aire tibio refrescaba nuestros rostros, a la espera del autocar para iniciar la visita del día.

Nos pusimos en marcha con dirección a la Plaza Roja. Pronto, muy pronto, apareció sobre la cuesta la iglesia de San Basilio. Nos resultó familiar, dado que los reportajes sobre Moscú nos tenía ya familiarizados con ella.
Pasamos por delante de sus puertas, sin entrar en la misma. Otros grupos de turistas nos habían tomado la delantera y hacían cola para entrar en el mausoleo de Lenin, objetivo primero de nuestras visitas aquella mañana. Nos pusimos al final de la misma; seguían llegando a otros grupos y la fila de espera se iba alargando.

A la entrada del mausoleo, había soldados que hacían guardia, firmes y hieráticos. Otros soldados pasado por delante de nosotros y ponían orden en las filas; incluso querían transmitir a los turistas su veneración por Lenin: pedían respeto y compostura.

Yo recordé la estampa bíblica de Moisés acercándose a la zarza que, en el Sinaí, ardía sin consumirse. Le dijo una voz:
– Moisés, descálzate, qué es sagrado el terreno que pisas.

Por fin, después de esa larga espera, pasamos al interior del mausoleo. Imposibles los comentarios ante el espectáculo presente: la momia de Lenin, perfectamente mantenida en su urna de cristal. Sólo le faltaba el toque a su perilla rubia, acompañado de la orden: – Habla!.
Los soldados pedían silencio en voz baja. Y con el dedo sobre la comisura de los labios y la mirada intimidatoria, no dejaban despegar los nuestros. El silencio de la sala era un silencio religioso: el comunismo expulsó a Dios y le sustituyó por Lenin.

Miré a  nuestra guía Katia, y estaba conmovida, conmocionada, a punto de llorar. Lenin estaba de cuerpo presente y un silencio frío envolvía su cara.
Salimos al exterior y nos alejamos de la entrada. Aquí ya podíamos hablar y expresar nuestros propios comentarios.  El ambiente de aquel mausoleo había sido como una losa que impedía la respiración; se había roto el encanto de la tarde anterior, cuando en el teatro estuvimos aplaudiendo el folclore ruso. Y nos sentíamos cercanos y hasta hermanos los unos y los otros.
Un anhelo de libertad se apoderó de mí.

Imagen de portada: Lenin mausoleum , de Caritas Ubis. Licencia CC BY-SA 3.0.

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