El Monacato en Europa

Para Europa y para el mundo occidental, San Benito, gracias a su estilo de vida, es el gestor de su unidad, cristiana y espiritual, desde las costas mediterráneas a la península escandinava; desde Irlanda hasta Polonia. Como todos sabemos, el Papa Pablo VI lo proclamó patrón de Europa en 1964.

Corren los albores del siglo VI. El Imperio Romano acaba de caer dando paso a la época de Justiniano. Nuevos tiempos para la Iglesia.
San Benito “huye del mundanal ruido“. Se retira al monte Subiaco, cerca de Roma, y allí dedica tres años a la búsqueda de Dios. De este retiro sale muy reforzado.
Su nuevo estilo de vida se centra en una comunidad fraterna fundada en la primacía del amor a Cristo, en la que la oración y el trabajo, “ora et labora“, se alternan armoniosamente en alabanza de Dios. 
Su Regla corrige algunos aspectos del monacato oriental vigentes hasta el momento: soledad, desierto, alejamiento, individualidad. Además concibe la vida monacal de acuerdo a las características propias de las regiones donde se establece: clima, idiosincrasia, etc.

En la vida vida comunitaria hay además un padre, un maestro, un abad al que rodean hijos espirituales, como trasunto de la imagen de Dios, que es el verdadero Padre. Hace partícipe a todos de lo que se es y se tiene: la FraternidadSon lecciones de humanidad, de discreción, de saber dar a cada uno lo mejor; porque ha sabido comprender al hombre desde la mirada de Dios en Cristo.
El monacato occidental  marcará el camino para la evangelización de la multitud de pueblos que se extienden por Europa. Pablo VI afirma que los hijos de San Benito “llevaron con la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana“.

En la Edad Media, la fe y la razón no se separaron; la oración y el trabajo encontraron su perfecta armonía.
No es lícito – decía Juan Pablo IIal hombre fiel a Dios, olvidarse de lo que es humano; debe ser fiel también al hombre” .Es un resumen del lema ora y trabaja; la oración y la acción deben ir juntas. El amor de Dios no puede separarse del amor a los hombres. Una fe que se encierra en si misma no sería comprensible desde el punto de vista cristiano; una acción, por muy bienintencionada que fuera, que no tuviera como referencia la fe, terminaría por volverse estéril.
Asimismo, si sólo fuera fe, a semejanza de algunas espiritualidades orientales, sus hombres no habrían conocido el afán de superase en lo material. En definitiva, eran hombres de oración, libro, arado; progreso intelectual y técnico.
Como curiosidad, San Benito enseñó a los monjes a construir relojes para contar las horas canónicas. Y, concretamente, la hora sexta, dedicada en la regla benedictina al descanso; ha inmortalizado la siesta, trascendiendo al mundo asceta y monacal.

A día de hoy, la enseñanza de aquellas pautas de vida con las que, desde los monasterios expandidos por toda Europa, se echarían las raíces de la civilización occidental en la Edad Media, sigue siendo actual, porque supera las barreras del espacio y del tiempo.
A modo de reflexión, Europa debería fijarse más y hacerse con los criterios que forjaron San Benito y sus seguidores. Criterios surgidos del espíritu, de la sabiduría, de la técnica y del trabajo; armonizados en torno a la visión global centrada en Dios y en el hombre.

Imagen de portada : Monasterio benedictino de San Julián de Samos
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